Páginas

08 diciembre 2010

El asedio, de Arturo Pérez-Reverte

Un relato muy en la línea de Reverte, que es uno de mis autores preferidos. Ambientado en esta ocasión en el sitio de Cádiz por parte de los franceses, entorno en el que el autor se desenvuelve perfectamente, con descripciones precisas de la ciudad, sus calles y sus gentes. No me gusta el excesivo alarde que se hace de la terminología marítima, y menos aún del vocabulario propio de la época, pero quizás sin esos términos tan decimonónicos la novela sería distinta, no lograría situarnos dentro de la ciudad y tan inmersos en dicho momento histórico.

Al inicio del libro una cita de Euler y otra de Sófocles. A falta de ciencia que resuelva el misterio de las jóvenes que aparecen asesinadas en distintos puntos de la ciudad, coincidiendo con la caída de las bombas francesas, quizás la solución se encuentre en las tragedias griegas. Sin embargo, al margen de dicha trama son varias las historias que se desarrollan en paralelo.

Como siempre, la caracterización de los personajes es genial. Reverte consigue que todos los personajes principales sean estupendos a su manera: Lolita Palma, que se les apaña para dirigir la empresa familiar pese a las dificultades que la guerra y el azar imponen; el Capitán Lobo, curtido marino metido a corsario que sin embargo desprecia el mar; el comisario Rogelio Tizón, hombre duro y cruel que ve peligrar su carrera cuando se enfrenta a una serie de casos que no sabe resolver, y a quien las nuevas leyes no harán cambiar sus métodos poco ortodoxos; el intrépido Felipe Mojarra, salinero que se juega la vida para arrebatar a los franceses una lancha cañonera con la esperanza de cobrar la recompensa, cuyo pago es demorado por la administración; el taxidermista Gregorio Fumagal, que además de dedicarse a su arte sirve de enlace a los franceses, rindiendo parte del lugar exacto de caída de las bombas; y el Capitán Desfosseux, ajeno por completo a la guerra, pese a que su trabajo consiste en dirigir las piezas de artillería que baten la ciudad; entregado a los cálculos que le permitan ganar sucesivas mejoras en el alcance de los obuses, cosa que cree que lograría empleando morteros, aunque estos le son negados por sus superiores. Este último personaje me recuerda al protagonista de El maestro de esgrima.

La novela entra con más facilidad en el género policíaco que en el histórico. También tiene su punto de misterio, como ya he mencionado, así como acción, un duelo, heroísmo quizás, y hasta una historia de amor inconclusa. Pero sobre todo es una novela de aventuras, y como tal, engancha. El final, agridulce, no satisface del todo, pero hace que la novela sea más creíble.